Viernes, 06 Julio 2012
Escrito por Sever Plocker
El proyecto de un Estado palestino es una empresa casi exclusiva de EE.UU. Yo no la subestimaría. A lo largo de su historia, los norteamericanos han demostrado que cuando insisten con tesón en algo, lo logran sin preocuparse de nada más.
¿Alguien en la región desea ahora un Estado palestino? No. Y sin embargo, ahora es posible establecerlo después de todo. Ah, la astucia de la historia.
En este momento, son incluso los propios palestinos los que rechazan la idea de un Estado. Ellos – y me refiero a sus élites políticas y sociales – anhelan profundamente ver el final de la ocupación israelí. Sin embargo, la posibilidad de un Estado ya es otra historia.
Los palestinos comprenden, por ejemplo, que al establecer su estado tendrán inmediatamente que renunciar para siempre a la tierra que está más allá de sus fronteras. Son conscientes de que la fundación del único estado soberano de la nación palestina automáticamente echará por tierra el «derecho al retorno», y saben que tendrán que depender económica y geopolíticamente de la buena voluntad de los estados vecinos.
¿Y qué tipo de relaciones mantendrán los palestinos de Palestina con los de Jordania, Líbano e Israel? Nadie se ocupa de hacer esta pregunta, ni mucho menos, de responderla.
El movimiento de los palestinos siempre se ha definido a sí mismo como un movimiento de liberación nacional – liberación de la ocupación israelí – y no como un movimiento de resurgimiento nacional. A excepción de unas pocas figuras notables, tales como el primer ministro de la Autoridad Palestina, Salam Fayyad, la OLP pasa por alto la cuestión del establecimiento de un futuro estado, ya que nunca tuvo prisa por fundarlo. Esto es particularmente cierto en el caso de Hamás y sus aliados.
Lo que busca la actual dirigencia palestina es un logro diplomático tangible: poner fin a la construcción de asentamientos. Desde su perspectiva, la expansión de éstos es una herida abierta y una constante provocación por parte de los judíos. Más allá de eso, y en lo que a ellos respecta, las negociaciones con Israel pueden durar para siempre.
Tampoco los estados árabes desean realmente que los palestinos tengan una pequeña nación-estado con un régimen inestable; un estado dividido geográficamente que amenace el orden actual. De haberlo querido, lo habrían establecido hace mucho tiempo. La indiferencia acerca del sueño de un Estado palestino soberano es un elemento perceptible en la ola de democratización que invade las calles del mundo árabe. Un 95% de los manifestantes a favor de la democracia no hace ninguna mención a Palestina. En verdad, a ellos no les importa.
La izquierda y el centro israelíes, y más recientemente el primer ministro Binyamín Netanyahu, parecen defender el establecimiento de un Estado palestino junto a Israel y apoyar la «solución de dos Estados». Sin embargo, esto no constituye más que otro caso de simulación y autoengaño. Un Estado palestino implica, por ejemplo, la división de Jerusalén. Las partes judías quedarán para los judíos y las partes árabes, para los árabes. ¿Pero alguien conoce cómo ejecutar tal partición? Implica además la evacuación de unos 100.000 colonos y su absorción en Israel. ¿Alguien formuó un plan práctico para llevar eficazmente tales operaciones a cabo?
Un Estado palestino contempla además una serie de compensaciones territoriales mucho mayores: ¿Alguien se ha puesto a pensar en las dificultades inherentes a la ejecución de tal movimiento? Decir es una cosa, pero hacer es algo muy diferente. De la boca para afuera, nos mostramos plenamente comprometidos con la noción de «dos Estados», mientras en otra dirección ya aumentamos a 500.000 la población judía a lo largo de la frontera de 1967.
La mayoría de los israelíes presienten, al igual que el ex primer ministro israelí, Ariel Sharón, que «la ocupación es mala para Israel». Les gustaría acabar con ella de algún modo, digamos milagrosamente, y así liberarse de los palestinos sin tener que andar pensando en lo que vendrá después. Sharón logró hacerlo en Gaza. Pero, ¿y en el caso de un estado independiente vecino, con cruces fronterizos, control territorial completo, aeropuertos y puertos marítimos, tránsito seguro hacia todos sus sitios, y con soberanía en Jerusalén? Eso ya es ir demasiado lejos.
La Unión Europea aprobó no pocas medidas en favor de la «solución de dos Estados», pero no hizo nada para ponerlas en práctica. Los estadistas europeos, del este y el oeste, han aprendido de la cruel e interminable Guerra de los Balcanes que lo mejor sería evitar el reconocimiento de pequeños estados separatistas con un potencial explosivo constante. Para los europeos, lo ideal sería un estable y pacífico Oriente Medio que pudiera suministrar petróleo y gas con impecable puntualidad.
Entonces, ¿quién quiere un Estado palestino ahora? Los norteamericanos. Los presidentes de EE.UU, desde Clinton a Bush y Obama, ya han establecido a Palestina en sus discursos, la han reconocido, han delineado cuidadosamente sus fronteras y se han comprometido a ayudarla. La consideran un ancla para su política y una justa conclusión a un antiguo conflicto que quisieran resolver por razones religiosas, ideológicas y estratégicas.
El «proyecto Palestina» es por tanto una empresa casi exclusivamente estadounidense. Yo no la subestimaría. A lo largo de su historia, los norteamericanos han demostrado que cuando insisten con tesón en algo, lo logran sin preocuparse de nada más.
Fuente: Yediot Aharonot – 6.7.12
Traducción: www.argentina.co.il
¿Quién quiere un Estado palestino?
09/Jul/2012
Israel en Línea, Sever Plocker